Pescar el silencio

Viajar es otra forma de leer, y los buenos lectores siempre toman notas de sus libros. Los fotógrafos lo hacemos con nuestras cámaras: registramos la geografía de los rostros que nos hablan en el camino y de los lugares que visitamos; con la luz y la sombra anotamos las tradiciones de un pueblo y sus medios de subsistencia, así como sus penas y miserias. Nuestras cámaras reúnen información y trazan los mapas de nuestros recorridos, cargados de emoción y fuerza, para que quien lea nuestras bitácoras conozca otros países y comprenda las circunstancias de un pueblo, una familia o un individuo.

En el puerto de Veracruz, México, los buques de carga y las grúas captan la atención del observador, no solo por sus dimensiones descomunales, sino por su arduo y lento movimiento. Cientos de contenedores son transportados allí, y en cada uno de ellos viajan los sueños electrónicos de alguien o sus medicinas o sus problemas. El mar alcanza para todos y los lleva pacientemente a sus destinos finales.

Ese mismo mar, el océano Atlántico, también abastece a los pescadores locales, quienes esparcen garbanzos en el agua para atraer a los peces hacia los muelles. Allí encontré a este señor, poco antes de las nueve de la noche. Estaba solo con su bicicleta esperando que algún pez picara, indiferente al deambular de los turistas, atento a cualquier vibración en su sedal. Presentí que no había tenido un buen día, así que solo encuadré y disparé la Canon Power Shot G16 que había llevado a México, perfecta para este tipo de situaciones en las que no queremos incomodar ni invadir con equipos aparatosos la vida de las personas. No siempre es necesaria o posible una conversación; basta con observar respetuosamente en silencio para comprender que estamos ante un acontecimiento importante para alguien y su familia, y que tenemos la fortuna de mostrarlo al mundo.