Todos los años trato de ver Amadeus al menos un par de veces. Es difícil clasificar cuales son mis películas favoritas pero Amadeus seguro está al tope de la lista. Y retomando un poco la primera parte de este artículo analizaré brevemente el storytelling dentro de ella. En la superficie Amadeus es la recreación biográfica de la vida de Wolfgang Amadeus Mozart y su rivalidad con Antonio Salieri, pero grandes y genios creadores que son Peter Shaffer y Milos Forman lo que realmente hicieron, muy conscientemente a mi parecer, fue construir la mejor película hasta ahora sobre el proceso creativo y de quienes trabajamos en empresas creativas. De la relación del poder con la creatividad, de la verdadera naturaleza de los halagos, los premios, la fortuna, del proceso de creación pura, de la mediocridad, del fanatismo, de quienes tienen verdadero talento y de quienes lo imitan, de la ligereza de las críticas, de cómo el look o la personalidad de alguien rara vez coincide con su talento, de la delgada línea entre la admiración y el odio, de la disciplina, de cómo funciona la consciencia colectiva de una sociedad, de la envidia, de la generosidad de una mente creativa versus la avaricia de la mediocridad, de cómo el paso del tiempo es el verdadero juez del arte, en fin. Olvido mencionar muchos de los innumerables temas que la película toca a profundidad, analiza y concluye de manera magistral. Poco o nada tiene que ver que sea o no fiel a la vida de Mozart, para eso un documental de la BBC. Shaffer y Forman encontraron en la historia de Mozart el vehículo perfecto para desahogar e ilustrarnos años de procesos creativos dentro de la literatura, el teatro y el cine, que con seguridad sufrieron en carne propia.

Amadeus dirigida por Milos Forman

Piezas tan impactantes como estás lo obligan a uno como creador a indagar qué condiciones de su construcción son las que la hacen la obra maestra que es. Y ya que estamos lidiando con un tema musical pensemos en por qué hablamos en primer lugar de principios de storytelling. La música por ejemplo utiliza una escala que funciona como base o cimiento sobre la cual construir, y los principios bajo los cuales funciona son exactamente los mismos, sea música clásica, electrónica, folclórica, etc. En storytelling es igual, sobre estos principios se puede construir en cualquier dirección y los principios no deben confundirse nunca con reglas, las reglas en cambio hay que buscar como romperlas constantemente, pues son estas las que desembocan en el enemigo número uno que tiene el arte de contar historias, el cliché.

Las historias solo avanzan a través de conflicto. ¿Por qué una película como Nebraska, Dazed and Confused o Lost in Translation, donde aparentemente no pasa nada, mantiene nuestro interés de principio a fin con la misma intensidad que una película de suspenso? A diferencia de una película de acción o suspenso donde las circunstancias externas afectan y mueven al personaje, un drama bien construido tiene la misma progresión de conflictos a nivel interno del personaje, uno tras otro. Aparentemente no vemos la cantidad de cambios dramáticos por los que está pasando, pero inconscientemente los entendemos y esto nos mantiene pegados al borde de nuestras sillas. Recientemente la mejor construcción de este estilo lo logró bellísimamente una película llamada Manchester by the Sea.

Manchester By The Sea dirigida por Kenneth Lonergan

Sin conflictos que cambien los valores positivos o negativos que viven los personajes tendremos, una tras otra, escenas que caerán planas y vacías agotando finalmente la paciencia de cualquier espectador. Un mal uso de este principio ocurre constantemente en los directores que tienen un propósito consciente de hacer películas que parezcan “cine arte” (lo que sea que ese término signifique). Despojan los relatos de conflictos y llenan las escenas de planos “contemplativos” pensando que tendrán un resultado similar a Kurosawa o Bergman. Cuando estos dos últimos eran maestros del guión y lo que hacían magistralmente era esconder los conflictos internos de sus personajes de tal manera que por muy pausadas que sintiéramos que eran sus películas siempre estaban cargadas de profundos giros constantes en sus personajes.

Estos errores ocurren gracias a una corta observación del panorama narrativo, a una manera equivocada de copiar lo bueno de lo que nos gusta. Muchas veces (la mayoría) cuando creemos que estamos imitando un estilo o un concepto tomamos los elementos equivocados. Como mencionaba en la primera parte de este artículo Mercedes Benz usó el insight de la campaña de Volkswagen, un creativo menos hábil hubiera pasado horas tratando de ver con que otro personaje de ficción reemplazaba el Darth Vader de Volkswagen para su propia campaña, se hubiera gastado la totalidad del presupuesto de su cliente comprando los derechos de dicho personaje y hubiera tenido menos de la mitad del impacto, no entendiendo finalmente donde fue que cometió el error. No observamos de cerca los verdaderos elementos que nos gustan de las historias que nos inspiran y terminamos copiando la superficie y esto termina creando, fórmulas, reglas, clichés.

Por último, la verdad no yace en los hechos. Una búsqueda más acertada de significado la encontraremos en nuestra interpretación de los hechos, no en plasmar sucesos de manera fiel a como ocurren en “la vida real”. Día tras día se encontrarán en situaciones en que alguien usa la “vida real” como argumento para tomar una decisión creativa siendo esta la excusa más débil y por lo tanto la más usada de todas. Obras como las de David Mamet que son acusadas de tener diálogos realistas, tan sólo obedecen a la interpretación personal de Mamet de cómo percibe la velocidad y ritmo de una conversación y de cómo urge un deseo único de estilo de presentárnosla como siente que nadie lo ha hecho antes. Los hechos dicen que probablemente Salieri y Mozart jamás hayan sentido rivalidad al igual que Hitler no murió en un teatro parisino. En storytelling la búsqueda de la verdad prima sobre los hechos.