Aún recuerdo muchos de los errores que cometí cuando decidí iniciar con el negocio de la fotografía.  Quise empezar en el campo de la publicidad; aún cuando no tenía la experiencia suficiente para hacerlo.

 

 

La llamada de un cliente que me refirieron, alegró mucho aquel día.  Requería unas fotografías de alimentos, específicamente carnes frías en diferentes presentaciones y con un montaje de desayuno, almuerzo y cena.

Pedí reunirme con ellos para tener claridad en el trabajo. Después de conocer los requerimientos de producción, me dijeron: “Sólo tenemos ocho millones de pesos, ¿Se le mide?”. Estamos hablando de finales de los 90,  yo me quedé pensando por unos segundos solo para no mostrar las ganas de decir que si. Pregunté nuevamente: “¿Cuántas fotos son?” a lo que me respondieron: “ocho”. 

Desglosé rápidamente lo que debía hacer mientras iba haciendo cálculos alegres, otro error, ya que sin conocer del tema aparecieron cifras mentirosas.  Pensé en gastarme dos millones de pesos, uno para un chef que hiciera la preparación de los platos y el otro millón para gastos de utilería y  ambientación.  Había empezado mi negocio con el pie derecho… Eso creía yo.

 

Al llegar a mi oficina inicié con el proceso de preproducción. Debía buscar un excelente chef, encontré de muchos presupuestos y decidí quedarme con el más costoso de los recomendados; quien me cobraba 800.000 pesos por hacer los ocho platos durante todo el día. Era el indicado y aún más cuando me quedaban 200.000 pesos extra, según mi alegre presupuesto.

En ese momento, llegó un amigo publicista quien al ver lo que estaba haciendo me recomendó el trabajo de una señora que era maquilladora de alimentos, la verdad no conocía del tema y lo único que pensé fue en un jamón con maquillaje de mujer.   

Después de escuchar lo que realmente hacia la señora la llamé de inmediato.  Ella me dijo que siempre hacia ese trabajo con otro fotógrafo y  me cobraría lo mismo que a él. Casi me voy de espalda al escucharla: “Yo cobro millón y medio por cada plato, llevando la utilería”. Pensé de inmediato que el desconocimiento del tema y la ambición de querer agarrar el trabajo me estaban haciendo perder dinero, me tocaba pagarle 12’000.000 de pesos cuando yo iba a recibir ocho. Al final, con miedo y todo de saber que había una especialidad para el tema decidí trabajar con el chef.

 

El día de la producción todo estaba listo. Tenía pánico escénico pero no lo demostraba. Mientras el chef hacia el primer plato, empecé a organizar la iluminación en la mesa de trabajo.

Cuando salió la primera composición, sabía que algo no estaba bien. El plato se veía apetitoso pero visualmente no era agradable para una fotografía. Empezamos a tener problemas con el queso, empezaba a verse como un caucho y  el cliente  ya daba sus primeros puntos de vista negativos: “No me gusta la composición, no se ve bien, y no veo el humo del chocolate”. El sudor empezaba a inundar mi rostro, y apareció aquella frase que aún hoy en día es muy célebre: “Eso lo arreglamos en Photoshop”, frase que cambió la percepción del cliente frente a mí al decirme: “Pensé que había contratado a un fotógrafo y no a un retocador”. Obviamente el cliente no quedó conforme con las fotos y yo aprendí que antes de abordar cualquier tema tenía que dominarlo.

Años después aprendí algunas técnicas de Food Styling, que me han enseñado a abordar mejor el tema de la fotografía de alimentos. Sin embargo, sé que en el momento de la producción debo concentrarme en hacer lo que me corresponde obligándome a trabajar con una persona especialista en el tema.

 

Hoy en día, es una de mis especialidades dentro del gran mundo de la fotografía publicitaria.

 

 

 

 

 

 

Por: Héctor Aguirre

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